“-Aquí no hay nada
–dijo el niño, sentándose sobre la única cama que había en la habitación.
-¿Qué esperabas? ¿Un
parque de atracciones? No vengo mucho por aquí, así que ni me molesto en
decorarla –respondió Quattuor.
-¿Has viajado fuera?
–preguntó la niña, con interés.
-Claro. ¿De dónde crees
que vengo si no? –obvió el hombre, visiblemente irritado, viendo cómo la
pequeña se acercaba a él con ojos brillantes y expresión ilusionada- ¿Q-qué
quieres?
-¿Podrías hablarnos del
mundo exterior? Nunca hemos salido de aquí.
Cogido un poco por
sorpresa, Quattuor desvió la mirada hacia el niño, quien también se mostró
igual de interesado que ella.
-Oíd. El mundo exterior
no es precisamente un lugar que los niños quisieran ver. Hacedme caso, cuanto
menos sepáis, mejor.
-¿Por qué? ¿Es un lugar
malo? –preguntó el niño.
-Sí, muy malo. Y hay un
monstruo muy grande que lo controla todo.
-¡¿Un monstruo?!
–gritaron a la vez.
-¡No lo decía
literalmente!
-¡¿Qué aspecto tiene
ese monstruo?! ¡¿Tiene garras afiladas?! –continuó el pequeño, acercándose cada
vez más al hombre.
-¡¿Y colmillos?!
–añadió, esta vez, la niña, logrando que el hombre dejase escapar un profundo
suspiro y se llevase una mano a la cabeza.
-¡Agh!
¡Definitivamente, esto no es lo mío! –declaró Quattuor.
En ese instante, se
escuchó el sonido de alguien llamando a la puerta.
-¿Eh? ¡¿Quién es?!
–preguntó Quattuor, con esperanza de que esa mujer hubiese venido a
llevárselos.
-¡Abre! –dijo la voz de
Tribus, quien parecía haberse enterado ya de su llegada.
-¡Oye, ahora mismo
estoy ocupado así que no tengo tiempo para...! ¡Eh! ¡Para! ¡¿Qué haces?! –gritó
al ver que al niño abriendo la puerta. Cosa que no hizo falta, ya que nada más
girar el pomo, Tribus la golpeó, haciendo que el pobre chico saliese despedido.
-¡Éste será el combate
número veinte! ¡Prepárate a...! –exclamó la joven de pelo rubio, deteniéndose a
mitad de frase, al observar a Quattuor en el suelo, con el niño en sus brazos,
debido a haberle hecho de colchoneta.
-¡Ten más cuidado! ¡Ha
faltado un pelo! –se quejó el hombre.
-¡Ah! –se sorprendió
Tribus.
-¡¿Y a ti qué te pasa?!
–preguntó Quattuor mientras dejaba al pequeño en el suelo.
De repente, la
habitación se quedó en silencio hasta que éste fue roto por Tribus.
-¡¿Cuándo has tenido
hijos?!
-¡¿Te crees que son
míos?! –gritó el hombre, al borde de un ataque de histeria.
-¡¿En serio?! ¡¿Uno de
ellos se convertirá en un descendiente?! –preguntó Tribus, una vez se hubo
aclarado la situación. Mientras conversaban, vigilaban a los niños, quienes
jugaban alegremente, utilizando la habitación como patio de recreo.
-Creía que ya lo
sabrías. Eres la que pasa más tiempo aquí –dijo Quattuor.
-Para nada. Nunca los
había visto.
-Qué raro. Puede que no
hayáis coincidido.
-Puede ser. Cambiando
de tema, ¡¿qué hay de nuestro próximo combate?! ¡Llevo tiempo preparándome para
esto!
-En otras
circunstancias, habría aceptado. Nunca me cansa darte una paliza –se burló el
hombre mientras Tribus le dirigía una mirada asesina.
-Por desgracia, estoy
bastante cansado. Y como puedes ver, ocupado. Así que habrá que posponerlo.
-¡Qué aburrido! ¡Esto
no es propio de ti!
-Lo sé. Hasta yo mismo
me sorprendo.
-En fin, no importa. De
todas formas, ahora mismo no tengo nada que hacer, así que te echaré una mano.
-¿Tú? ¿Qué sabes tú de
niños?
-Bueno, hace unos años
conocí a una pequeña llamada Ivel. Es la hija del guía de los nómadas.
-Ah, sí, creo haberme
topado con alguno. ¿Cómo es que tienes relación con ellos?
-Como vigilante,
también me encargo de la entrada exterior y de relacionarme con los habitantes
de Genese. Según me dijo Detz, nunca sabes cuando puedes necesitar algo de
ellos.
-Entiendo.
-Volviendo al tema, lo
que quiero decir es que ya he tenido contacto con otros niños, así que creo que
sé un poco sobre cómo tratar con ellos.
-Entonces te dejo a ti
el trabajo. Suerte –dijo Quattuor, poniendo una mano sobre el hombro de la
chica.
-¡Eh! ¡Eh! ¡Eh! ¡He
dicho que te ayudaré no que cargaré con el marrón!
-Pero me serías de gran
ayuda si te lo hicieses.
-¡Me da igual! ¡Hay un
límite para mis servicios! ¡Lo tomas o lo dejas!
-Desagradecida –murmuró
Quattuor.
-¡Repite eso!
-Ah, por fin... –dijo
Quattuor, acostado sobre su cama, habiéndose librado por fin de su tarea.
A lo largo de aquella
tarde, se había dedicado a cumplir todas las peticiones de los niños: que si
hacer de villano en uno de sus juegos, que si lanzarlos por los aires y luego
cogerlos, que si subirlos a caballito o llevarlos sobre su espalda mientras él
andaba a cuatro patas (hecho por el que Tribus, maquinadora de esa idea, había recibido
un golpe en la cabeza), etc.
Finalmente y obligada
por él, era Tribus quien se había encargado de llevarlos de vuelta con esa
mujer.
“¿Por qué habré
aceptado?”, se preguntó a sí mismo mientras intentaba acomodar su espalda en la
cama.
Por alguna razón, se
sentía como si estuviese en deuda con ella. ¿Era posible que fuese debido a
cómo le había tratado hasta entonces? ¿O quizás porque confiaba en ella?
Fuere como fuere, ahora
sólo quería descansar y olvidarse de todo. Por desgracia, no parecía que fuesen
a dejarle, ya que alguien llamó de nuevo a la puerta.
“No pienso abrir”,
pensó, haciendo caso omiso de los golpes y cerrando los ojos.
-¿Q-Quattuor? ¿Estás
ahí? –preguntó la voz de una mujer, provocando que abriese los ojos de nuevo y
girase la cabeza hacia la entrada. Era ella.
-Hablando del diablo.
¿Qué pasa? –preguntó el hombre, todavía desde la cama.
-Tan sólo quería
agradecerte el haber cuidado de los niños y... bueno... también hay algo que me
gustaría darte.
Confuso e irritado, caminó hacia la puerta y la abrió. Ella
estaba allí de pie, frente a él, con los hombros encogidos y temblando de
arriba abajo. La veía débil y esquiva, como si quisiese interponer una barrera
entre ellos dos, como si estuviese escondiendo algo. En sus ojos podía distinguirse
un tenue color rojo, producto de haber estado llorando. ¿Qué le había pasado?
-Toma, quiero que te
quedes esto –dijo mientras extendía su mano y depositaba sobre la de él un
colgante que llevaba un anillo con una pluma incrustada.
-¿Qué es? –preguntó
Quattuor, observándolo.
-Un regalo. Quiero que
te lo quedes. Como recuerdo.
-¿Recuerdo?
-Algo para que no
olvides a quien te lo regaló.
-No creo que sea
necesario –señaló secamente-, pero supongo que tampoco pasa nada por
quedármelo.
-Gracias –respondió,
mostrando una amarga sonrisa- Espero que volvamos a vernos, Quattuor.
-¿Qué? –sin entender
aquellas últimas palabras, la vio marchar. Tras esto, le echó un último vistazo
al anillo antes de volver a su habitación.
Aquella misma
madrugada, sonó la alarma, lo que le despertó de golpe.
-¡Joder! ¡Justo ahora
que había conseguido dormirme! –se quejó Quattuor, saliendo de la habitación y
corriendo a la sala de cámaras, donde encontró a Detz y a Tribus.
-¡¿Qué pasa?!
–preguntó.
-Alguien ha saboteado
el sistema de seguridad –dijo Tribus, quien había encontrado el error y había
dado la alarma- Mira –habiendo restablecido el funcionamiento de las cámaras,
señaló en los monitores a un pequeño grupo de personas, más concretamente, dos
niños, dos hombres y una mujer.
-¡Quieren llevárselos!
¡Tribus, retenlos todo lo que puedas! ¡Mientras tanto, nosotros iremos hacia
allí! ¡Es posible que también se hayan llevado información del proyecto!
–exclamó Detz.
-¡De acuerdo! –obedeció
la chica.
-¡Pero, ¿por qué harían
algo así?! –preguntó Quattuor. No podía creer que esa mujer y el resto de
miembros traicionasen a Detz. No sin una
razón.
-¡Creo que no se fían
de mí!
-¡¿Qué quieres decir?!
-¡No hay tiempo para
preguntas, Quattuor! ¡Ve delante! ¡Yo iré a por Sextus y te alcanzaré después!
-¡D-de acuerdo!
Sin perder más tiempo,
corrió adonde se dirigían: la salida que llevaba al conducto de alcantarillado.
Si tomaba un atajo, era probable que llegase antes que ellos, sobre todo, si
aprovechaba el entretenimiento que daría Tribus con sus invocaciones.
Así pues, llegó hasta
una pared, que rompió con facilidad, y consiguió alcanzarles.
-¡Quattuor! –gritó la
mujer al verlo, asustada
El hombre los observó
detenidamente, dándose cuenta de que faltaba uno de los hombres. El otro era quien
llevaba a ambos niños dormidos entre brazos, probablemente drogados.
-¡¿Por qué haces esto?!
–gritó Quattuor, a lo que ella no respondió inmediatamente-¡¿Por qué huís?!
-Quattuor, lo que
intenta hacer Detz no es lo correcto. Y hay más, está escondiendo algo.
-¡¿Que salvar el mundo
no es lo correcto?! ¡¿Hablas en serio?! ¡¿Qué te ha pasado?! ¡Hasta hace poco
pensabas como él, ¿no es así?! –por alguna razón, saber de su traición le hacía
sentirse muy decepcionado.
-Puede que ahora no lo
entiendas, Quattuor, pero algún día lo harás. Este proyecto no debe seguir
adelante –explicó ella- Por favor, déjanos pasar.
No podía confiar en
ella, pero tampoco era capaz de hacerle daño.
-¡No lo hagas,
Quattuor! ¡Es una traidora! –dijo la voz de Detz, haciendo que todos se girase
él. A su lado estaba Sextus, quien, pese a la situación, mantenía la misma
expresión que al llegar- ¡¿Cómo has podido caer tan bajo?! ¡¿Qué planeas hacer
con la información que has robado?!
-¡¿Caer bajo?! ¡Incluso
te atreves a decir algo así después de lo que hiciste! –respondió la mujer,
visiblemente enfadada.
-¡Él también quería
traicionarnos! ¡No tuve más remedio!
-¡Mentiroso! ¡Él
descubrió tus mentiras y por eso lo mataste! –gritó ella, entre lágrimas.
-¡¿Y no sería que en
realidad el mentiroso era él?! –dijo Detz, mostrando una sonrisa maliciosa
antes de ponerse serio- ¡Quattuor! ¡Sextus! ¡Acabad con ellos y traedme a los
niños!
Obedeciendo, Sextus
levantó su brazo, mano abierta y apuntando a los fugitivos. Tras esto, el
espacio cerca de ellos se distorsionó, formando una esfera.
-¡Cuidado! –gritó la
mujer, quien empujó a su compañero para alejarlo de la zona distorsionada,
justo cuando ésta se extendía y, posteriormente, volvía a reducirse hasta
desaparecer. Todo lo que hizo contacto con ella desapareció sin dejar rastro,
dejando amplios huecos en suelo y paredes.
-¿Qué ha sido eso?
–preguntó el hombre que llevaba a los niños.
-Ha generado una zona
de vacío dentro del espacio de distorsión –dijo la mujer, sorprendida.
-¡Mátalos! –ordenó Detz,
de manera que el chico se dispuso a repetir el mismo movimiento.
-¡Trigésimo octavo
espíritu: Amirthus! –gritó una voz, de repente, logrando que Sextus cayese al
suelo, preso de una extraña presión sobre su cuerpo.
-¡Maldita sea! –se
quejó Detz, girándose para ver cómo otro hombre corría hacia ellos.
-¡No te dejaré que les
hagas daño! –exclamó el recién llegado, disponiéndose a golpear al científico.
Entonces, éste levantó el brazo, el cual aumentó de tamaño y se volvió de color
blanco, atacando con él a su contrincante, que fue arrojado contra la pared.
Desapareciendo así la
presión sobre Sextus, éste intentó, por segunda vez, crear otra distorsión,
pero fue esta vez la mujer quien lo impidió, sacando un pequeño artilugio, que
Quattuor no alcanzó a ver, y pulsando un botón situado sobre el mismo,
provocando que todos excepto ella, y el hombre que sujetaba a los dos pequeños,
se echasen las manos a la cabeza, afligidos por un fuerte dolor y un intenso
mareo.
-¡Corre, Darker!
–exclamó ella, mientras el miembro de “Comhairle” pasaba al lado de Quattuor y
continuaba por el pasillo.
Ella intentó lo mismo,
pero, para su desgracia, Sextus consiguió reunir la voluntad suficiente para
crear otro espacio de distorsión cerca de la mano que sujetaba el artilugio. Sin
poder esquivarlo, tanto el brazo de la mujer como el objeto se esfumaron,
surtiendo a raíz de su hombro una gran cantidad de sangre.
-¡AAAAAAAH! –gritó
ella, tratando de sujetarse la herida.
-¡Tras él, Quattuor!
–exclamó Detz, ocupado en retener al otro hombre.
-¡Pero...! –intentó
replicar Quattuor, quien, debido al mareo y a la situación de la mujer, no
sabía qué hacer.
-¡Rápido o acabará con
todo por lo que hemos trabajado! –presionó el científico.
Al mirarla a los ojos,
vio cómo, en silencio, le pedía que no lo hiciese. Ojos de súplica cuyo brillo
se iba apagando conforme la pérdida de sangre la debilitaba. Pese a todo,
sentada en el suelo, trataba de no desmayarse, forzándose por mantenerse
despierta.
Si poder soportar más
aquella escena, el hombre decidió ir detrás de Darker.
Pese al dolor de
cabeza, no tardó en alcanzarles, ya que, debido a que el miembro de “Comhairle”
cargaba con los niños, no había podido ganar tanta distancia como le hubiese
gustado.
Así pues, cogiéndole
del hombro, le golpeó en la mejilla, arrojándolo al suelo.
-¡Dámelos! –ordenó
Quattuor.
-¡Nunca! –respondió
Darker, apretándolos más contra sí mismo.
-¡Es por el bien del
mundo!
-¡¿Eso crees?! ¡¿Que no
hay otra solución?! ¡¿Que él te lo está contando todo?!
-¡Él...! ¡Él...! –exclamó
Quattuor, sin saber cómo seguir.
-¡Ella confía en ti!
–dijo Darker mientras, poco a poco y no sin esfuerzo, se incorporaba- ¡Sabe que
tú puedes marcar la diferencia!
-Yo...
-¡¿Qué vas a hacer?!
¡¿Cambiarás o seguirás cumpliendo órdenes?!
En su cabeza, se
repetían las mismas palabras: “sigue con el objetivo”. Una y otra vez, ellas
guiaban sus actos. Definían quién era, en qué se había convertido. Sin embargo,
puede que fuese por los efectos de ese artilugio o por algo totalmente
diferente, pero durante unos segundos, esas palabras cambiaron: “protégelos”.
Entonces, se giró hacia
la compuerta que llevaba al túnel de alcantarillado y la abrió.
-¡Márchate! ¡Rápido!
–ordenó.
-Gracias –respondió
Darker, bajando las escaleras a paso lento pero seguro, y escapando fuera de
los límites del control de Tribus.
Una vez cerrada la
compuerta, Quattuor volvió sobre sus pasos. Al llegar de nuevo a la escena
donde se había desarrollado el combate, se dio cuenta de que la mujer había
muerto.
Su cadáver, desprovisto
de una extremidad, era lo único que quedaba de ella. Una muerte horrible para
quien no la merecía.
Al contarle a Detz lo
sucedido, por supuesto, mintiendo sobre él mismo ayudándoles a escapar.
En ese momento, pudo
ver cómo el científico golpeaba repetidamente las paredes del pasillo, dejando
salir toda su rabia y haciendo retumbar sus tímpanos. A ello había que sumarle
que el otro hombre, el usuario de Radiar, también había huido.
Cansado, se acercó al
cuerpo de la mujer, en cuyos ojos todavía podía ver lágrimas.
Había muerto sin haber
visto cumplido su objetivo. Con la imagen de él mismo corriendo detrás de su
esperanza.
Entonces, se acordó del
objeto que le había regalado horas antes. El colgante que tenía el anillo con
una pluma incrustada. Por alguna razón, lo había cogido al levantarse de la
cama.
-Así que un recuerdo. –murmuró mientras sacaba el objeto y lo apretaba fuertemente a la vez, su visión ligeramente borrosa, a la vez que lágrimas caían sobre su puño- Si voy a sentirme así, prefiero no recordarte.”
Al terminar la historia, todo quedó en silencio. Debido a la tensión que se había generado, ninguno se atrevía a decir nada.
Finalmente, Quattuor prosiguió.
-Tras aquello, continué a las órdenes del proyecto Gaia. Incluso después de lo que había hecho, mi mente seguía dominada por el mismo objetivo, la misma identidad. Sin embargo, poco a poco, sentí como si fuese desapareciendo. Dejé de escuchar esas palabras y pude tomar otras decisiones. Y me di cuenta de que Detz no era de fiar. Por desgracia, ellos también se dieron cuenta de mi cambio y acabé siendo apresado tras rebelarme contra ellos.
-Entonces, nosotros éramos esos niños –dijo Sarah, atónita-. Por eso me reconociste en los calabozos.
-Sí.
-Detz dijo que hubo otras personas que fueron contra su forma de pensar y que eso le dio muchos problemas. Ahora entiendo a qué se refería –dijo Kareth- Debemos evitar el proyecto Gaia. Ahora lo tengo más claro. Estoy seguro de que el mundo puede cambiar sin la erradicación del ser humano. Aún queda esperanza para que todos podamos vivir en el mundo que Gaia creó.
-Estoy de acuerdo –declaró Sarah.
-Y yo –corroboró Nara.
Pese a que Quattuor no dijo nada, todos lo tomaron como una respuesta afirmativa.
-Bien, decidido pues: destruiremos el proyecto Gaia y encontraremos la forma de acabar con la guerra.
-¡Oh! Que chicos más ambiciosos. Eso me gusta –irrumpiendo en la habitación, apareció la silueta de un joven.
-¿Qu-quien eres tú? –preguntó tímidamente Nara.
-Me llamo Razer, y soy el líder de los Rebeldes.
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