domingo, 1 de febrero de 2015

The three global powers: Capítulo 10

Tras saber que habían encontrado una manera de entrar en el recinto de gobierno, tanto Kareth como Kai habían esperado algún tipo de pasadizo subterráneo, pero aquel cañón los dejó perplejos.

-¿De dónde lo habéis sacado? –preguntó Kai.

-Lo encontré hace ya tiempo, tirado en las afueras –explicó Garth-. En su día, perteneció a la facción. Probablemente se deshicieran de él porque ya no funcionaba –continuó mientras acariciaba la superficie del arma.

-¿Y cómo se supone que vamos a usarlo entonces?

-A eso puedo responderte yo –dijo la voz de Razer, atravesando la entrada al almacén de donde habían sacado el cañón. Detrás de él había un hombre de aproximadamente la misma edad que Garth, barba blanca, algo espesa; y barriga ancha, incluso más que la  del revolucionario, de quien era amigo. Además de ello, también era dueño del almacén-. Resulta que tenemos a tres personas en nuestro equipo a quienes se les da bastante bien arreglar cosas.

-¿Te refieres a Zen, Sen y Len? –preguntó Kareth, a lo que el líder de los Rebeldes asintió.

-Les he preguntado si podrían arreglarlo para mañana y han sido bastante positivos al respecto. Las posibilidades de Miruru consiga convencerles son bajas. Por eso, debemos darnos prisa. Con suerte, puede que no la maten si descubren que está con los Rebeldes.

-Pero es imposible que se hayan enterado –replicó Kareth.

-¿Quién sabe? Si la mantienen vigilada o la torturan, puede que incluso consigan información sobre el paradero de la villa.

-Miruru no dirá nada –contestó secamente Kai.

-Te creo, pero la seguridad de los míos está por encima de mi confianza en vosotros. Por eso, es mejor que nos demos prisa en sacarla de allí. Con cuidado de que no nos capturen a ninguno.

-Tengo otra pregunta –interrumpió Kareth-. ¿Cómo pensáis transportar eso? El almacén está como a media hora del recinto.

-Este cañón es de larga distancia –comentó el amigo de Garth, hablando por primera vez en lo que llevaban de conversación-. No hará falta que esté cerca del recinto para dispararlo. Bastará con encontrar un sitio adecuado desde donde apuntar. De todas formas, soy transportista, de ahí el almacén; y tengo un camión donde cabrá perfectamente.

-Aun así, si nos movemos por calles estrechas, el camión no podrá pasar –replicó Kareth.

-No te preocupes –contestó Razer- Ya se encargará Quattuor de moverlo si llega a ese punto.

 

Al escucharle, al chico se le vino la imagen del hombre cargando a cuestas el vehículo, por lo que no pudo evitar esbozar una sonrisa irónica.

-Y si tenemos que esconderlo, podemos recurrir a las habilidades de Kai, ¿no? –continuó Razer, mirando al susodicho, quien asintió.

-Bien. Aclaradas vuestras dudas, os explicaré lo que vamos a hacer.

 

Mientras tanto, Miruru se desplazaba de un lado a otro en aquella habitación.

-¡Maldita harpía! –exclamó, enfadada, refiriéndose a Quinque- ¡Cómo me gustaría darle de su propia medicina!

 

Finalmente, se sentó sobre la cama, llevándose las uñas a la boca, intentando calmar los nervios.

 

¿Qué sería de ella ahora? ¿La dejarían allí encerrada hasta decidir matarla o hasta que lograse escapar, si es que lo conseguía? ¿La torturarían antes o sería una muerte rápida? ¿Cómo se había enterado Quinque de que estaba con los Rebeldes? No. Puede que fuese una trampa para eliminarla del mapa cuanto antes.

-¡Maldita sea!

Chasqueando la lengua, se acostó en la cama. Podía intentar salir de allí por sus propios medios, pero Quinque la tenía en el punto de mira. Y ese extraño artilugio que llevaba consigo... Si se descuidaba, la dejaría por los suelos en cuestión de segundos.

 

Por si fuera poco, tenía la sensación de que si escapaba ahora todo lo que había hecho carecería de sentido y no podría volver a entrar. ¿Significaba eso que su única opción era esperar a que alguien la rescatase?

-Kai... –murmuró al recordar al joven. La última vez que había hablado con él había sido en aquella discusión tras la que habían acabado peleados. Quería volver a verlo, aclarar las cosas y disipar aquella sensación en su pecho que le impedía conformarse con la tensión que se había formado entre los dos.

 

Inconscientemente, se mordió el labio inferior. Su deseo de estar con él se hacía cada vez más grande.

-Parece que no lo estás pasando bien.

 

De repente, una voz la sacó de sus pensamientos. Entonces, cuando volvió la vista hacia la puerta, descubrió al gobernador de la unión al otro lado de los barrotes.

-¿Q-Qué haces aquí? –preguntó Miruru, confusa.

-Simple curiosidad. ¿No puede una persona visitar a los presos de vez en cuando?

 

Inquieta, la chica se dio cuenta de que al lado del soberano sólo estaba aquel hombre pelirrojo del extraño martillo. Quinque no se encontraba junto a ellos.

-En realidad, hay algo que quería preguntarte –dijo dirigente del norte.

-¿Eh? ¿Sobre qué?

-Tú, ¿estuviste en los territorios de la unión hace un tiempo, verdad?

-¿P-por qué lo preguntas? –respondió la semidiosa, poniéndose a la defensiva.

-Contesta, por favor.

-No tengo por qué hacerlo y mucho menos si no sé el porqué.

 

El gobernador se mantuvo en silencio durante unos instantes, decidiendo si contestar o no.

-Hace un tiempo se me dijo que dos personas pertenecientes a “Comhairle” se habían colado en mis territorios. Mientras los perseguían, consiguieron escapar gracias a la intervención de algo que cayó desde arriba y que rompió el asfalto de las calles. Una de las descripciones de los dos individuos concuerda contigo. Además, tampoco puedo evitar preguntarme si tenéis algo que ver con lo que sucedió en el torneo.

-Yo... Nosotros... No tenemos nada que ver con ese torneo... Todo fue culpa de ella...

-¿Ella?

-Esa chica que está contigo. No es de fiar, lo único que quiere es alimentar la guerra. No debéis seguirle el juego.

 

El gobernador la miró fijamente. Luego sonrió y dio media vuelta.

-Parece que esta discusión no va a llegar a nada. Siendo así, no nos quedará más remedio que usar otros métodos. En fin, que te sea leve hasta entonces.

-¡Espera! ¡Te estoy diciendo la verdad! ¡Eh! –exclamó la chica, alzando su mano en dirección al gobernador, quien, seguido de su súbdito, desapareció de su vista.

 

Llena de rabia e impotencia, golpeó el suelo con el pie, haciéndose daño en los dedos, por lo que se agachó y lo agarró y acarició, sintiéndose aún más estúpida por haberse dejado llevar.

 

Tras un profundo suspiro, se acercó a la ventana, desde donde pudo observar el resto de casas de la zona.

-Me pregunto qué estarán haciendo los demás –dijo, apoyando ambos brazos sobre el borde, cabizbaja-. Empiezo a preguntarme si de verdad he hecho lo correcto...

 

-Pásame esa llave –dijo uno de los hermanos.

-Es mejor que utilices otra cosa. Podrías romper algo –respondió otro.

-¡Siempre estás igual! ¡Que si ten cuidado con esto! ¡Que si es mejor aquello! ¡En esta vida hay que arriesgarse más!

-Si te arriesgas demasiado puedes acabar muy mal, y ya no habrá vuelta atrás.

-Y si eres tan precavido, como tú, terminarás por no hacer nada y tardarás mucho en acabar el trabajo.

-Lo que sí sé es que como sigáis discutiendo no vamos a terminar ni para dentro de un mes, así que dejaos de tonterías y poneos a trabajar –se quejó el tercer hermano, sentenciando la conversación.

 

A cierta distancia de allí, Kai les escuchaba. Todos a excepción de Nara, quien estaba haciéndole compañía a Eirin en la base, esperaban junto al almacén a que el cañón estuviese listo para ser usado en el plan.

 

En su mente, el nigromante repasó lo ocurrido.

 

“-Básicamente, la estrategia será parecida a la del primer plan. Sólo que esta vez utilizaremos el cañón como señuelo –explicó Razer-. Una parte de nosotros estará en una zona lo más alejada posible del recinto, desde donde lo dispararán y atraerán la atención de los soldados. Dudo que envíen una gran cantidad de ellos, pero eso nos servirá para infiltrarnos por la puerta principal y, ya que estamos, reducir su número en el interior.

-¿Tenemos balas para eso? –preguntó Kareth.

-No, pero creo que tengo algo en el almacén que podremos usar –respondió el amigo de Garth.

-¿Estás seguro de desperdiciar materiales así como asís? ¿No afectará eso a tu trabajo?

-Creo que, ahora mismo, esto es más importante.

-Bien. Una vez dentro del recinto, deberemos pasar lo más desapercibido posible. Por ello, será mejor que llevemos a cabo el plan cuando sea de noche. Entonces, tendremos que obtener información sobre los paraderos de Miruru y de los gobernantes. Esos serán nuestros principales objetivos –dijo Razer.

-¿Y que hará mientras tanto el otro equipo? –preguntó Kai.

-Después de disparar unas cuantas veces, deberán escapar de allí. Los soldados intentarán dar con ellos, así que deberán entretenerlos lo suficiente para dar tiempo al resto a alcanzar el objetivo.

-El problema principal será los descendientes de Gaia –dijo Kareth.

-No sé si podremos evitar enfrentarnos a ellos, pero en caso de que nos los encontremos, mejor que sea en un uno contra uno o que llevemos la ventaja numérica. Lo tendremos difícil si les acompañan soldados. En cualquier caso, deberemos hacerlo lo mejor que podamos.”

 

Pensativo, Kai juntó sus manos por debajo de la barbilla.

-Aguanta un poco más Miruru. –murmuró.

 

Mientras tanto, en la pequeña casa que hacía de base para el grupo, Nara se mantenía ocupada poniendo en orden lo poco que había allí, a la vez que buscaba algo útil que poder usar para el plan de infiltración.

-¿Tú también vas a ir? –preguntó Eirin, quien ya se sentía algo mejor y la ayudaba con la tarea, sin forzar mucho su cuerpo.

-Por supuesto. Odiaría tener que quedarme aquí sin hacer nada –respondió la joven sin desviar la vista de sus quehaceres.

 

Al no escuchar respuesta, Nara se giró hacia ella, encontrándola cabizbaja. Entonces se acercó a la chica y le cogió ambas manos.

-¿Estás preocupada por Miruru? –le preguntó, a lo que Eirin se limitó a asentir.

-Vamos a sacarla de allí. Puedes estar segura. Todos mis compañeros son fuertes y buenas personas. B-bueno, quizás Quattuor sea un poco... a su manera, pero aun así no es malo. Y sé que Miruru también es una chica fuerte. Volverá con nosotros y conseguiremos que las cosas cambien aquí.

-Sí. Gracias. –contestó Eirin, esbozando una leve sonrisa- La verdad es que, no sé por qué, pero, hay algo en Miruru que me trae recuerdos de mi hermana.

-¿A qué te refieres?

-No estoy seguro, pero tengo la sensación de que se conocen.

 

Al día siguiente, la puerta de la habitación de Miruru se abrió.

Sobresaltada, la chica se puso en guardia, observando a un par de soldados entrar allí y dar paso a Quinque, quien iba seguida de otra persona cuya cabeza estaba escondida bajo un saco de color negro, algo roído y que no dejaba ver su rostro.

 

Pese a ello, la joven pudo identificarlo como hombre debido a su complexión física.

 

En sus manos llevaba una especie de maletín del mismo color que el saco que cubría su cabeza, dándole, en su conjunto, un aspecto temible.

-¿Cómo estás, Miruru? –preguntó Quinque, con tono burlón. Ella se mantuvo en silencio, esperando a que continuase hablando-. Puede que te preguntes por qué estoy aquí hoy. Verás, la información que tenemos sobre ti es bastante incierta. Ya sabes que existe la posibilidad de que tengas relación con los Rebeldes. Y eso es algo que les preocupa a ambos gobernadores.

-Si está preocupados es por tu culpa. Fuiste tú quien habló sobre ello. Lo único que querías era dar un motivo para que me ejecutasen, ¿no es así?

-En absoluto. ¿Cómo puedes pensar algo así de mí? –respondió, mostrándose claramente sarcástica-. En cualquier caso, no es algo de lo que podamos estar completamente seguros, ¿no crees? Y puesto que ayer no lograron sonsacarte nada, pedí permiso para encargarme yo misma de obtener la información.

 

Viéndose venir lo que estaba a punto de suceder, Miruru levantó los brazos, dispuesta a usar su poder, sin embargo, su adversaria sacó de nuevo aquel extraño artilugio, provocándole otra vez aquella sensación de mareo y debilidad.

-¿Qué... es...? –intentó preguntar, apenas encontrando las palabras.

-¿Qué te estoy haciendo? –la interrumpió Quinque, señalando el aparato- Se llama Sonar. No sé exactamente cómo funciona, pero parece ser que produce alteraciones en el Radiar en un radio específico. Es bastante efectivo.

-Pero... tú... –aunque trató de replicarle, su visión se volvió borrosa, y ya no tenía claro ni con quién hablaba.

 

En ese momento, Quinque guardó el Sonar y se arrodilló junto a ella.

-Si te refieres a por qué no me afecta, eso es porque tengo algo conmigo que impide que lo haga –respondió, dirigiendo su mirada, posteriormente, hacia el hombre encapuchado-. Átala.

 

Obedeciendo la orden, aquel individuo cogió a Miruru de ambas muñecas y la postró sobre la cama. Tras esto, abrió el maletín y agarró varias sogas con las que la ató de pies y manos al mueble, impidiéndole moverse. Después, del mismo sitio, cogió un cilindro de plástico en cuyo extremo había dos pequeñas varas de hierro que se doblaban formando un arco. Al accionar un botón situado en la base del cilindro, las varas comenzaron a calentarse tomando un color cada vez más rojizo.

 

A causa de esto, la semidiosa empezó a respirar agitadamente. Incluso sin llegar a saber bien lo que le estaba pasando su cerebro la preparaba para lo peor.

-Espero que te guste el dolor –sonrió Quinque a la vez que le hacía un gesto al hombre. Éste acercó el objeto hasta el costado de Miruru, de manera que las varas hicieron contacto con su piel, abrasándola.

-¡AAAAAAAH! –chilló la joven.

-Primera pregunta: ¿es cierto que perteneces a los Rebeldes? –preguntó Quinque, sin inmutarse por el sufrimiento de Miruru.

-Ah... ah... –jadeó la chica, tratando de resistir el dolor mientras lloraba desconsoladamente-. No... ¡AAAAAAAH!

 

Al negarse a contestar, el hombre volvió hizo lo mismo, esta vez en el otro costado.

-Mala respuesta. Lo preguntaré otra vez. ¿Perteneces a los Rebeldes?

-¡No!

-Una lástima.

-¡AAAAAAAH!

 

Durante unos segundos, el hombre se detuvo. Miruru seguía haciendo uso de toda su fuerza de voluntad para soportar el dolor, pero si seguía así, acabaría por desmayarse.

-No... te saldrás... con la tuya... –le dijo la joven.

-¡Jajaja! Te diré algo. Puede que el gobernador me haya dicho que no te mate, pero, durante una tortura, a veces ocurren accidentes. Estoy segura de que lo comprenderá –declaró Quinque, haciéndole otro gesto al encapuchado.

-¡AAAAAAAAAAH! –chilló de nuevo Miruru.

 

Por otro lado, después de llevar el camión cerca de la zona acordada, Quattuor y Kai, situados en la parte de atrás, donde había sido cargado el cañón, salieron. Tras esto, el hombre preparó el arma mientras el nigromante se disponía a invocar a uno de sus espíritus.

-¡Cuarto espíritu: Lein!

 

Al instante, una serie de ondas produjeron una distorsión sobre el espacio ocupado por el cañón, de manera que el objeto tomó la apariencia de una caja de madera.

 

Cuando Lein producía ilusiones sobre otros objetos, en lugar de crearlas de la nada como cuando él y Miruru entraron en los territorios del norte, modificaba su aspecto físico dentro de unos límites, aunque no podía hacer lo mismo con su peso. Aun así, eso no supuso un problema para Quattuor, quien fue capaz de llevar aquella caja de varias toneladas de peso como si se tratase de una pluma.

-Vamos –indicó Quattuor, caminando ambos por uno de los callejones que iban desde allí hasta una zona casi deshabitada, donde Kai empezó a ponerse nervioso, preocupado por el estado de Miruru.

 

Allí encontraron a Zen, Len, Sen, Sdren y Garth, quienes serían el equipo encargado de disparar el arma.

 

Entonces, una vez descargado el cañón, Kai deshizo la ilusión, devolviéndolo a su apariencia original.

-¡Oh! –se sorprendieron Sen y Len.

-Bien. Nosotros nos encargaremos del resto –dijo Zen- Id con los demás.

-Buena suerte –les deseó Kai.

-Creo que vosotros la necesitaréis más –señaló Garth.

 

Con la ayuda del dueño del almacén, quien conducía el camión, no tardaron en reunirse con el resto, quienes esperaban, cerca del recinto de gobierno, a que comenzase el plan.

-Ya está todo listo –dijo Razer-. Ahora sólo queda esperar.

 

Situados a la derecha de la entrada, agazapados entre los tejados de las casas adyacentes, se encontraban Quattuor, Sarah y Razer. En el lado contrario: Kai, Kareth y Nara.

 

Desde su posición, Kai pudo observar luces en algunas de las ventanas del edificio, destacando bajo el cielo nocturno. En ese instante, una idea se le pasó por la cabeza.

 

-¡Cambio de guardia! –exclamó el jefe de pelotón de los soldados de la facción, encargados de vigilar el patio delantero.

 

Pese a que la unión tenía su propia guardia, ésta había optado por quedarse en el interior. Según ellos, así les sería más sencillo proteger de cerca a su señor.

 

Desde el punto de vista de los soldados de la nación anfitriona, quienes se consideraban a sí mismos mejor organizados para la guerra y el combate, sólo eran unos cobardes y debiluchos. Así pues, como una forma de exaltar su orgullo, eran ellos quienes se encargaban de salvaguardar todas las áreas que conformaban el exterior del recinto, cambiando su tuno cada cierto tiempo.

 

Aun así, y pese a toda su preparación, ninguno esperó el cañonazo que impactó contra el lugar que vigilaban, provocando una pequeña explosión que destruyó parte del hormigón que constituía el sendero hacia la puerta principal del edificio central.

 

-¡¿Qué ha sido eso?! –exclamó un soldado.

Reunidos ambos gobernadores en la misma sala donde habían discutido el “Tratado Meilan”, el soberano de la facción se levantó de su silla y se acercó a la ventana. Su invitado, de forma más calmada, hizo lo mismo.

 

Los dos se encontraban con sus respectivos acompañantes. Uno de ellos Sextus, y el otro, el hombre pelirrojo, que seguía a su señor a todas partes.

 

Pasaron escasos minutos hasta que otro soldado de la unión irrumpió en la cámara.

-¡Nos están atacando a cañonazos, señor!

-¡¿Es esto cosa tuya?! –inquirió el líder anfitrión, dirigiéndose a su invitado.

-¿De verdad crees que haría algo tan poco inteligente? –contestó éste- Si no confías en mí, estoy dispuesto a enviar un pelotón de mis soldados junto a los tuyos para investigar lo ocurrido.

 

Tras esto, uno de los soldados de la facción se situó al lado del recién llegado, esperando órdenes.

-¡Enviad a la ciudad una patrulla e investigad todos los rincones desde los que penséis que hayan podido disparar! ¡Si tenéis que interrogar a los civiles, hacedlo! ¡Deprisa!

-¡Sí, señor!

 

Inmediatamente después de aceptar sus órdenes, el soldado se marchó, seguido por el otro una vez hubo recibido la misma orden de su respectivo líder. Acto seguido, el gobernador del norte hizo un gesto al hombre pelirrojo, quien asintió y se marchó detrás de los soldados.

 

Unos quince o veinte minutos después del primer disparo, el equipo de los Rebeldes vio cómo se abría la puerta principal para dejar paso a un pelotón de soldados dispuestos a adentrarse en la ciudad.

-Llegó la hora –murmuró Razer.

 

Al instante, un par de flechas volaron en dirección a los dos guardias encargados de cerrar de nuevo la entrada, cayendo éstos en el acto. Alarmados, un pequeño grupo de soldados que había visto lo ocurrido se acercó a ellos para socorrerlos.

-¡Cuarto espíritu: Sázam! –exclamó Kai, desplazándose a gran velocidad hacia ellos y golpeando sus abdómenes con la suficiente fuerza como para que quedasen inconscientes.

 

Tras esto, el resto del grupo le siguió.

-¿Qu-qué hacemos con ellos? –preguntó Nara.

-Permíteme –la apartó Quattuor, cargando a todos ellos y lanzándolos fuera del recinto, antes de cerrar la puerta- Así no los verán desde dentro.

-¡¿Y qué hay de los de fuera?! –preguntó Sarah, molesta por la actitud del hombre.

-Tardarán en volver. Y para entonces, ya habremos acabado –respondió él, recibiendo como respuesta un suspiro por parte de la joven- ¿Qué? –se quejó Quattuor.

-Sigamos –dijo Razer, cambiando de tema, mientras se dirigía al edificio central, seguido de los demás.

-Nara –dijo Kai, de repente, cogiendo a la joven del antebrazo- Voy a necesitar tu ayuda.

sábado, 17 de enero de 2015

The three global powers: Capítulo 9

-¿Quinque? -repitió Miruru-. ¿Fuiste tú quien intentó eliminarnos del torneo para que Arks se convirtiese en el líder?

-Si hubiese ganado, habría tenido al próximo líder del bajo mundo en mis manos. Pero, por desgracia, no salió bien, así que tuve que utilizar otros métodos.

-¿Otros métodos?

-Eliminar a todos los aspirantes.

 

En ese momento, a Miruru se le apareció en su cabeza la imagen de Anna, llevándose una mano a la boca mientras ponía una expresión de desagrado.

-No te pongas así. No tuve más remedio que hacerlo para llegar hasta el gobernador.

-¡¿De verdad no había otra opción?! –preguntó Miruru, enfadada.

-A lo largo de esta guerra se ha derramado mucha más sangre que la que mancha mis manos. Por el bien de nuestro objetivo, haremos lo que sea necesario.

 

Al escucharla, la joven no pudo evitar apretar los dientes debido a la rabia que sentía. Entonces, recordó algo de lo que había dicho Quinque. Algo que una parte de su cerebro parecía haber ignorado, protegiéndola, y que volvió a sus oídos, repitiéndose como un eco continuo.

 

Al mismo tiempo, Quinque se dio cuenta de en qué estaba pensando y sonrió. Una malvada sonrisa que dejó a la joven con ojos llorosos y abiertos como platos.

-Antes has dicho “lo que ocurrió en Yohei Gakko” –dijo Miruru finalmente, pese al miedo que tenía de saber la respuesta- ¿También fue culpa tuya?

-Tus compañeros no se volvieron locos sin motivo. Hubo alguien que provocó el desastre en la Yohei Gakko donde vivías.

 

Una mujer. Eso fue lo que vio cuando escapó en la nave de evacuación. La figura de una mujer que, alejada de la destrucción, lo observaba todo.

-¡Fuiste tú! –gritó la chica, entre lágrimas, lanzándose contra los barrotes de la puerta.

-Los semidioses sois demasiado inestables -explicó Quinque a la vez que daba un pequeño paso hacia atrás, ligeramente sorprendida por aquella agresividad-. Sois difíciles de controlar –al mismo tiempo, las paredes situadas justo detrás empezaron a quebrarse. El techo de los pasillos a venirse abajo. Todo ello debido a que el poder de Miruru estaba fuera de control-. Un estorbo para el plan. Aunque he de admitir que eliminaros no era el único objetivo. Algunos de los dirigentes de allí habían tenido contacto con Darker –continuó Quinque, con calma, a pesar de que parte de la estructura se estaba arremolinando a su alrededor, disponiéndose a aplastarla. Suavemente, deslizó su mano hacia el bolsillo de su pantalón, de donde sacó un pequeño aparato circular con un botón en el centro. Entonces, al apretarlo, Miruru sintió un fuerte mareo, seguido de debilidad corporal.

 

Desobedeciendo sus órdenes, sus pies tropezaron entre sí, de manera que cayó hacia atrás, acabando de espaldas al suelo.

-De hecho, también intenté matarte a ti –confesó Quinque mientras volvía a guardar el aparato, como si no hubiese pasado nada-, pero eres más dura de lo que pensaba. Por suerte, tendré una segunda oportunidad –continuó, dándole la espalda y marchándose de allí-. Será mejor que descanses, ahora que puedes.

 

Poco tiempo después, un grupo de soldados, alertados por lo que había estado a punto de ocurrirle al edificio, fueron a comprobar la situación, encontrándose a Quinque por el camino, quien les contó que Miruru había intentando escapar, y que había sido ella quien se había encargado de evitarlo.

 

Por otro lado, entre sollozos y con la cabeza todavía dándole vueltas, la joven de pelo rubio logró alcanzar la cama de la habitación.

Cubriéndose sus ojos con el edredón, la imagen de lo que ocurrido aquel día en Yohei Gakko se mantuvo firmemente aferrada a ella.

-¿Por qué? –preguntó- ¿Por qué?

Encogiéndose sobre sí misma, y tras varias horas temblando en esa misma posición, consiguió conciliar el sueño.

 

Mientras tanto, Kai observaba la verja que lo separaba del recinto del gobernador.

 

Llevaba tiempo sentado en el mismo tejado desde el que había saltado su amiga, esperando encontrar algún modo de entrar allí sin que le viesen los soldados del gobernador.

 

Ya era de noche, y el nigromante no podía evitar sentirse ansioso. Una sensación que le instaba a saltar aquella barrera y meterse de lleno en territorio enemigo, ignorando las consecuencias.

-¿No puedes dormir? –dijo una voz, sacándolo de sus pensamientos.

-Eres tú, Kareth. Sí. Es que... necesitaba mantenerme ocupado –contestó Kai mientras su compañero se sentaba a su lado.

-No hagas sobreesfuerzos o luego lo notarás.

-Lo sé.

-Estás preocupado por ella, ¿verdad?

-No puedo evitar pensar que yo tengo la culpa.

-Ya lo dijo Sarah. Lo decidió ella misma. Nadie tiene la culpa. Pero dime, ¿por qué crees que cambió de opinión así, de repente? Creía que, desde el principio, estaba de acuerdo.

-Al contrario. Probablemente no lo estaba desde el principio, pero no se opuso por lo mismo que yo –contestó Kai- La Yohei Gakko de esa chica fue totalmente destruida. Dejó atrás a sus compañeros, a los investigadores, al científico que la salvó e incluso al único ser vivo que la acompañó tras la evacuación. No quería dejar a nadie más atrás, y cuando se dio cuenta de que si seguía por ese camino alguien más sufriría lo mismo que ella, no pudo soportarlo más. Cuando me lo contó, esperaba que la apoyase, pero no lo hice. Pensaba que lo más importante era detener el proyecto Gaia y olvidé por completo por qué quise hacerme más fuerte: para no ver morir a nadie más.

 

Tras escucharle, Kareth se mantuvo unos segundos en silencio, inseguro de qué responderle.

-¿Sabes? Yo también perdí a dos personas en Yohei Gakko. De hecho, hasta que me enteré de que Nara había sobrevivido, pensaba que habían sido tres. A Sarah también le ocurrió lo mismo. En su caso, ella misma fue quien mató al quien había sido como su padre durante años –al mismo tiempo que hablaba, juntó sus manos y observó aquel el cielo nocturno desprovisto de estrellas-. En esta guerra es fácil sentirse culpable por quienes hemos dejado atrás. Al final, lo único que nos queda es morir o seguir avanzando...

-...y hacer todo lo posible por evitar pasar por lo mismo. O, al menos, evitar que otros lo hagan –añadió Kai.

-No creo que lo olvidases. Sólo tuviste en cuenta otras prioridades. Si lo habláis, estoy seguro de que podréis entenderos. Al fin y al cabo, a ella le pasó lo mismo.

-Sí. Tienes razón. –respondió Kai, volviendo la vista de nuevo hacia la verja.

-¡Kai! ¡Kareth! –exclamó Garth, quien los llamaba desde abajo, apoyando sus manos sobre las rodillas por el cansancio de haber ido corriendo- Creo que ya hemos encontrado una forma de entrar –declaró.

 

A la mañana siguiente los guardias acompañaron a Miruru hasta la sala en la que iba a tener lugar la reunión. Pese a no ir esposada, tampoco tenía intención de escapar. Ya no sólo porque, si lo hacía, no conseguiría contarles a los gobernadores sobre el proyecto Gaia, sino también porque su mente seguía distraída por lo ocurrido con Quinque el día anterior.

 

Pese a ello, intentó mantenerse despejada. Estaba ahí dentro por un motivo.

 

Tras un recorrido que casi se le hace eterno, llegaron frente a una puerta custodiada por dos soldados, quienes la abrieron para darles paso a una gran sala con dos mesas en el centro, una de ellas larga y rectangular, la que ocupaba mayor espacio; y la otra ligeramente separada de la primera, de muchísimo menor tamaño, e ideada para una persona, dada la única silla que había junto a ella, y donde se sentaba el gobernador del territorio anfitrión.

 

El resto de invitados estaban sentados en la más grande, algunos con una serie de documentos frente a ellos, y otros, además, con copas llenas de un líquido rosado y algo para picar.

 

Miruru también fue llevada a la mesa más grande, al lado del hombre pelirrojo que acompañaba al líder de la unión y cuya arma descansaba apoyada en su silla, que daba la sensación de que en cualquier momento iba a ceder a su peso.

 

Debía admitir que la imagen de aquella reunión era menos ostentosa de lo que había pensado en un principio. Aun así, tampoco podía considerarla humilde.

 

Una vez reunidos todos los asistentes, el gobernador de la facción le hizo un gesto a Sextus, sentado a su lado, quien asintió y, agarrando uno de los documentos que tenía delante, dio comienzo a la reunión.

-A partir de este instante se dan por comenzadas las negociaciones entre los territorios pertenecientes a la Unión Imber y la Facción Nix. El objetivo será establecer un acuerdo para formar una alianza en contra del Imperio Salve y su actual aliado, la organización “Comhairle”, así como las escuelas que comanda: las Yohei Gakko. Una vez se haya llegado a consenso, se procederá a firmar un tratado que recibirá el nombre de “Tratado Meilan”. En base a esto, y para introducir dichas negociaciones, se empezará leyendo una cronología de los eventos más importantes desde el comienzo de la guerra hasta la actualidad, incluidos los demás tratados, a fin de establecer un recordatorio de la situación.

 

Al escuchar su monólogo, Miruru recordó algunos de los conocimientos que aprendió en Yohei Gakko. Más concretamente, en relación a las tres treguas que habían tenido lugar durante la guerra, así como los tres tratados que se habían firmado en cada una.

 

-En el año 0 tiene lugar el comienzo de la guerra. Durante esa época, hay un gran número de naciones que deciden tomar parte en la misma.

 

>>En el año 15 tras el comienzo de la guerra (en adelante t.c.g), se produce la unión de varias de las naciones del sur, debido a las pérdidas generadas en muchas de ellas, lo que dará lugar a la creación de la por entonces conocida como Unión Salve.

 

>>En el año 25 t.c.g., la Unión Salve se hace por completo con el sur del territorio mundial y comienza su ascenso hacia el centro.

 

>>En el año 27 t.c.g., se produce una alianza entre las naciones del territorio central, denominada Alianza Mane, para hacer frente a la Unión Salve. Al mismo tiempo en el oeste y norte se erigen la Facción Nix y la Unión Imber respectivamente.

 

>>En el año 50 t.c.g., la Unión Salve consigue derrotar a la Alianza Mane, quienes se retiran al este, donde pasan a forma parte de la recién surgida Alianza Nox. De esta forma, se hacen con el centro del territorio y restauran la por entonces casi destruida ciudad del comienzo, a la que denominan Genese.

 

>>En el año 60 t.c.g., se producen ataques por parte de la Facción Nix, la Unión Imber y la Alianza Nox contra la Unión Salve que hacen mermar el territorio ocupado por este último.

 

>>En el año 80 t.c.g., la Unión Salve finalmente se retira al sur y el territorio central queda dividido entre las otras potencias, las cuales acaban enfrentándose entre ellas por el monopolio de dicho territorio, así como el control de Genese.

 

>>En el año 100 t.c.g., tiene lugar una tregua donde se dispone el primer tratado: “Tratado Unheil”, mediante el cual se busca restaurar los recursos naturales consumidos durantes los primeros cien años, promoviéndose métodos para la fertilización de las tierras. Asimismo, se aprovecha dicha tregua para la reconstrucción de ciudades.

 

>>En el año 180 t.c.g., la tregua se rompe durante el ataque de la Unión Salve a la Alianza Nox en los territorios del este. Por otro lado, la Facción Nix ataca los territorios centrales de la Unión Imber y de la Alianza Nox.

 

>>En el año 220 t.c.g., la alianza es derrotada, habiendo perdido todos sus territorios, pasando a formar parte de la Unión Salve sus territorios en el este, y de la facción Nix sus territorios en el centro. Mientras tanto, la Unión Imber mantiene a raya el ataque de la Facción Nix, que decide avanzar hacia el este.

 

>>En el año 235 t.c.g., la Facción Nix se retira del este debido al detrimento de sus tropas durante el asedio a la Unión Salve. Casi al mismo tiempo, comienzan a aparecer las primeras lluvias ácidas en los territorios centrales.

 

>>Hasta el año 275 t.c.g., sólo se producen conflictos menores entre las tres potencias. Las lluvias ácidas han acabado con la mayor parte de los recursos de los territorios centrales, provocando su abandono por parte de la Unión Imber y de la Facción Nix. Genese queda en el más absoluto olvido.

 

>>En el año 280 t.c.g., se detienen las lluvias ácidas en los territorios centrales, produciéndose de forma ocasional a partir de ese entonces. Se da lugar a la segunda tregua, en la que se firma el segundo tratado: “Tratado Ánima”, por el cual se reconstruye por segunda vez la ciudad de Genese y se le otorga un gobierno independiente para enlazar el comercio a través de los territorios centrales, que pasan a llamarse tierras yermas o los yermos. Debido a la contaminación producida durante más de cuatro décadas, este proceso resulta lento y costoso.

 

>>En el año 330 t.c.g., se termina por completo la reconstrucción de Genese. Durante ese mismo año, se produce un golpe de estado en la Unión Salve, que, como resultado, pasa a denominarse Imperio Salve.

 

>>En el año 332 t.c.g., el Imperio Salve rompe la tregua y comienza una serie de ataques a los territorios del norte y del oeste.

 

>>En el año 350 t.c.g. el imperio consigue ganar terreno en el oeste. Por el contrario, el norte permanece inamovible.

 

>>En el año 360 t.c.g., el imperio retira sus tropas del norte. Al mismo tiempo, la Unión Imber dejan de mostrar interés en la conquista territorial, asentándose en el norte.

 

>>En el año 365 t.c.g., la Facción Nix consigue, finalmente, evitar ser conquistados al cortar las comunicaciones de la avanzadilla del imperio con su base en los territorios del sur. Asimismo, inician un avance para recuperar el terreno perdido.

 

>>En el año 375 t.c.g., la facción recupera sus territorios e inicia un nuevo ataque hacia el sur utilizando el sistema L-Drill.

 

>>En el año 390 t.c.g., la facción se retira del sur sin lograr que su ataque fructifique. Por otro lado, el imperio comienza a tener conflictos internos en el este.

 

>>En el año 397 t.c.g., se resuelve parte de los conflictos internos en el imperio, producidos por espías de la unión. En respuesta a esto, el imperio corta el comercio entre Genese y el norte.

 

>>En el año 405 t.c.g., surge una organización denominada “Comhairle” y se inicia la tercera tregua en la que se firma el último tratado hasta la fecha entre las tres potencias: el “Tratado Ruhe”, en el cual se reinicia el comercio en el norte, se solucionan los conflictos dentro del imperio, se comienza la construcción de ciudades en las tierras yermas, donde se ha observado la existencia de humanos descendientes de aquellos que fueron abandonados tras la retirada de tropas de los territorios centrales; y se le otorga libertad a “Comhairle” para establecer relaciones diplomáticas.

 

>>En el año 462 t.c.g., se rompe la última tregua, desarrollándose conflictos menores tanto internos como externos y que afectan tanto a ciudades en las tierras yermas como a territorios de cada nación.

 

Al acabar, el chico levantó la vista del documento donde acababa de leer la cronología. Sin duda, quinientos años habían dado para mucho.

-Y así, se resumen los eventos que se han desarrollado hasta el día de hoy –sentenció.

-El imperio ha sido el que nos ha mantenido más ocupados durante los últimos dos siglos. Supongo que esta alianza estaba destinada a producirse –comentó el líder de la unión.

-Yo no creo en el destino. Sólo en lo que me conviene –replicó el soberano de la facción.

 

Miruru no pudo evitar sentir curiosidad por la persona que se escondía debajo.

-Como quieras –contestó el gobernador del norte, encogiéndose de hombros.

 

Haciendo caso omiso a su reacción, el dirigente del oeste dio pasó de nuevo a Sextus.

-Siguiendo con la reunión, pasaremos a tratar las cláusulas de cada parte.

-Estarás de acuerdo conmigo en que un intercambio de bienes será primordial para establecer el acuerdo. Debido a vuestros problemas para conseguir alimento, nosotros podríamos aportar un porcentaje de los que obtengamos a cambio de que comparáis vuestra tecnología militar –propuso el gobernador de la unión.

-Me parece bien. Además, solicito relaciones con el bajo mundo y la mitad del Radiar que se obtenga –contestó el líder del oeste.

-Creo que ahí te estás excediendo –replicó el soberano del norte. La armadura levantó la cabeza, algo que Miruru interpretó como una reacción de sorpresa- La relación con el bajo mundo es nuestra mejor baza.

-Lo mismo digo con nuestra tecnología militar.

-Sí, pero relacionarse con ellos supondría el apoyo de gran parte del comercio existente en el mundo, y eso se paga más caro. Si quieres un trato así, entonces tendré que exigirte un mayor porcentaje de Radiar, además de los diseños de vuestras armas.

 

En ese momento, Sextus se acercó y susurró algo al oído del gobernador de la facción, quien asintió y prosiguió la conversación.

-¿De qué porcentaje estaríamos hablando?

-Un 60% para nosotros y un 40% para vosotros.

-En ese caso olvidaos de los diseños. Con el intercambio tenéis de sobra.

-Unas pocas armas nos ayudarían sí, pero los diseños nos permitirían su fabricarlas por nuestra cuenta. El sistema L-Drill es de lo más sugerente.

-Si queréis el sistema L-Drill entonces tendréis que inclinar los porcentajes de Radiar a nuestro favor.

 

La cabeza de Miruru se movió de uno a otro durante la discusión. Aquello era un claro ejemplo de por qué, después de quinientos años, todavía no se había hallado una solución a la guerra.

-Si me lo permitís, ¿y si lo dejamos en la mitad del Radiar para cada uno y se ofrecen las otras dos con algunas limitaciones? –interrumpió la semidiosa, recibiendo la atenta mirada de todos los allí reunidos, lo que la hizo encogerse hacia atrás, algo intimidada por la tensión- Sé que me estoy metiendo donde no me llaman, pero pensé que sería una buena forma de llegar a un acuerdo.

 

“¿Por qué no me habré quedado callada?”, se preguntó mentalmente mientras reinaba el silencio en la sala.

 

Tras unos segundos que se le hicieron interminables, el líder de la unión continuó por donde lo habían dejado.

-Me parece bien. Permiso para poder entablar relaciones con el bajo mundo, con ciertas restricciones, a cambio del 50% del Radiar obtenido y los diseños de vuestras armas.

-Mm... –meditó el gobernador de la facción, cruzándose de brazos, tras lo que asintió a la propuesta- Bien, siempre y cuando podamos hacer lo mismo en cuanto a nuestros diseños.

“¡¿Han aceptado?!”, se sorprendió Miruru, sintiéndose aliviada a su vez. De repente, notó un ligero pinchazo en la cabeza, lo que le hizo darse cuenta de la mirada que le acababa de lanzar Quinque.

 

Tras haber terminado de dictar todas las cláusulas del tratado, ambos gobernantes lo firmaron y cada uno se guardó una copia.

-Así pues, queda firmado el “Tratado Meilan”, el cual será puesto en funcionamiento a partir de este instante –dijo Sextus-. A continuación, y para el segundo punto de esta reunión, cedo la palabra a mi señor.

 

Una vez el joven de pelo extravagante hubo terminado de hablar, el dirigente del oeste asintió y su mirada, o eso creyó Miruru, se posó sobre ella.

-Antes dijiste que tenías información sobre esta guerra que podía interesarnos.

-Así es –respondió Miruru, intentando imitar el mismo tono y lenguaje que ellos.

-En ese caso, creo que a todos nos gustaría escucharte.

 

Tras respirar profundamente y cerrar los ojos durante unos instantes, la chica se vio capaz de hablar.

-Si seguís con esta guerra, la humanidad va a ser destruida –dijo, de manera contundente y provocando el silencio en la sala.

-Nos gustaría que fueses más concreta –respondió el gobernador de la unión.

-Existe una organización llamada proyecto Gaia cuyo plan consiste en utilizar las dos alianzas, tanto la de “Comhairle” con el imperio como ésta, para iniciar una batalla que dé lugar a la invocación de Gaia en este mundo.

-¿Gaia? ¿Hablas del núcleo de este planeta? ¿La diosa de los cuentos y leyendas?

-Sí. Sé que es difícil de creer, pero el objetivo de esa diosa es el renacimiento de este mundo, borrando de la existencia al ser humano. Esta guerra está siendo alimentada por el proyecto Gaia para cumplir con los requisitos de su invocación. Los miembros de esa organización se hacen pasar por vuestros consejeros y asesores para que hagáis lo que ellos quieren.

-Pero, ¿por qué esa diosa iba a querer eliminar a la raza humana? –preguntó Sextus, interpretando su papel a la perfección.

-Por las consecuencias de la guerra que nosotros hemos empezado.

-Entonces, esos supuestos miembros se hacen pasar por nuestros consejeros. ¿Serías capaz de decirnos quines son? –preguntó el líder de la facción, mostrándose sarcástico.

-Por supuesto –contestó con decisión, señalando a Quinque y a Sextus, quienes apenas se inmutaron ante su acusación-. Son ellos dos.

 

Tras unos instantes de sorpresa, Quinque rió como si aquella revelación le pareciese una broma de mal gusto.

-¡Es ridículo! ¡¿Estás loca?! ¡No creo que haga falta escuchar nada más! –dijo, dirigiéndose al gobernador del norte.

-Tienes razón. Esperaba algo mejor, pero esto no es más que un cuento de niños –añadió éste.

 

De repente, se produjo un fuerte golpe en la mesa que sobresaltó a los presentes, quienes observaron a la semidiosa, en pie frente a ellos.

-¡Es la verdad! ¡Estáis siendo engañados! ¡Si seguís así os condenaréis a vosotros mismo y al resto de la humanidad!

-Por lo que nos ha revelado Marie, no has venido sola a estos territorios, y hay una alta probabilidad de que estés con los Rebeldes, aunque pensaba que estaban más interesados en el imperio. Dicho esto, y habiendo escuchado lo que acabas de contar, no me inspiras muchas confianza –replicó el soberano de la unión mientras Miruru apretaba los dientes, fruto de la rabia y la impotencia.

-Puede que lo mejor sea ejecutarla, gobernador –propuso Quinque.

-No. Por el momento, la mantendremos con vida. Puede que nos sea útil para capturar a los Rebeldes.

 

Hubo una ligera mueca de desagrado por parte Quinque, algo que la semidiosa interpretó como una muestra de su enfado ante su intento fallido de matarla.

-Si eso es todo por hoy, volveré a mis aposentos. Mañana finalizaremos lo que queda del tratado. –dijo el gobernador de la unión.

-Bien, damos por terminada la reunión –sentenció el líder de la facción-. Lleváosla.

 

Obedeciendo las órdenes de su señor, los soldados que la habían escoltado hasta allí la acompañaron de vuelta a su habitación/celda. Furiosa, pero manteniendo la cabeza bien alta, Miruru echó un último vistazo a la sala, momento en que vio cómo Quinque esbozaba una sonrisa triunfante.

 

-¿Esto es lo que vamos a usar para entrar? –preguntó Kai, frunciendo el ceño.

-Exacto –respondió Garth mientras le enseñaba un cañón de pequeña altura pero gran longitud-. Aunque primero tendremos que repararlo.

domingo, 21 de diciembre de 2014

The three global powers: Capítulo 8

Multitud de personas se habían arremolinado alrededor de la calle principal, formando un pasillo.

 

En mitad de dicho pasillo, había un hombre de mediana estatura, pelo ligeramente canoso en la zona de las patillas y el resto de color negro, y que presentaba una cicatriz cruzando su ojo derecho. Tenía una expresión seria, para algunos, aterradora, y vestía una capa del mismo color que su pelo, impidiendo ver el resto del cuerpo.

 

“Así que ése es el gobernador de los territorios del norte”, pensó Kai mientras desplazaba lentamente la mirada para observar al resto de su séquito, centrando la mirada en otra persona, situada a la izquierda del soberano, que vestía de la misma forma, siendo la única diferencia que su capa le cubría la cabeza casi completamente, dificultándole el verle la cara desde el tejado en el que estaba.

 

A su derecha, había un hombre delgado, alto, pelirrojo y de aspecto afable y relajado. Vestía una camiseta de tirantes, poco ortodoxa en un evento de esa importancia, y unos pantalones largos. No obstante, lo más llamativo colgaba a su espalda. Algo que cualquiera hubiese juzgado a primera vista como un gran martillo de batalla y que, sin embargo, al fijarse en el otro extremo del arma, donde debiese estar el mango, hubiese descubierto otra cabeza de metal, exactamente igual a la del lado contrario. Aquello le hacía preguntarse cómo era capaz de cargar con todo ese peso.

 

El resto del séquito que iba tras el trío parecía gente más normal. Algunos tenían pinta de asesores políticos, otros de soldados... incluso los había que llevaban tambores con los que marcaban el ritmo al que caminaban, además de aquellos que llevaban banderas con el símbolo de la Unión Imber, el cual no solía verse a menudo. El propio Kai aseguraría que, durante el tiempo que estuvo con Miruru en los territorios del norte, no llegó a verlo en ninguna ocasión.

 

Éste consistía en un dibujo donde se podían observar gotas de agua, representando la lluvia, cayendo sobre tierras yermas y dos espadas cruzadas en diagonal.

 

Desde su perspectiva, si lo que pretendían con esa imagen era exaltar su lucha contra el estado de las tierras, se contradecían.

 

Pocos soldados para venir a territorio todavía enemigo. Pese a ello, Kai sabía bien cuál era una de las mayores fuentes de poder del norte. Algo que permanecía escondido en las sombras: el bajo mundo.

 

Ahí, mercenarios, asesinos, “Spheres”, ladrones, “Geads” ilegales que no compraban información, etc. eran los verdaderos enemigos a temer y quienes mantenían una estrecha relación con su gobierno.

 

Divagando sobre ello, pensó en Anna, preguntándose si habría llegado a coronarse como la líder. Si ese era el caso, no había que descartar que estuviese entre los asistentes, ocultando su estatus de alguna forma.

 

En cualquier caso, el chico no estaba allí sólo para observar, sino como partícipe del plan de los Rebeldes para infiltrarse en el recinto de gobierno, donde iba a tener lugar la reunión. Y, para ello, tendrían que provocar el caos mediante un grupo de revolucionarios.

 

Días antes, habían estado ayudando a su líder, Garth, a reunir más gente. Su intención era tomar como rehenes a ambos gobernadores para negociar una mejor situación para los habitantes de la facción. Pese a haber conseguido que un gran número de personas se uniese, puede que no fuesen suficientes para lograr el objetivo.

 

En ese momento, sus ojos se posaron sobre una de sus acompañantes, Miruru. La chica le devolvió la mirada, pero no tardó en apartarla, visiblemente molesta. En respuesta, Kai dejó escapar un suspiro mientras recordaba lo que ocurrido.

 

“-¿Qué quieres decir con que es mejor que no lo hagamos? –preguntó Kai, confuso tras escuchar a su compañera.

 

Ella bajó la cabeza, algo nerviosa, mientras agarraba uno de sus brazos.

-Es peligroso. Esas personas podrían morir. ¿De verdad crees que está bien aprovecharse de ellos?

-Miruru, entiendo lo que quieres decir, pero es lo que ellos quieren. Nosotros no les estamos obligando a hacerlo. Simplemente, nos viene bien para nuestro objetivo.

-Puede que tengas razón, pero aun así Kai, esa chica sólo tiene a su padre. Si le pasase algo, se quedaría completamente sola. Tiene que haber otra manera de poder entrar sin arriesgar sus vidas.

-¿Qué sugieres?

-¿Y si nos encargamos nosotros de causar la revuelta? Con nuestro poder seguro que lo conseguiremos.

-¿Has pensado en qué pasará si fallamos? Es posible que tengamos más posibilidades de conseguirlo, pero, si fallamos, el resultado será irreparable. Piénsalo. El líder de los Rebeldes y los únicos que saben la verdad sobre el proyecto Gaia capturados, o pero, asesinados. No habría nadie capaz de detenerles. Habiendo descendientes cerca, tenemos que evitar que nos descubran y actuar en el momento oportuno.

-¡Entonces para asegurar que sobrevivamos es mejor utilizarles a ellos!

-¡No los estamos utilizando! ¡Ya te lo he dicho, lo hacen porque quieren!

-¡Entonces, ¿por qué no les hemos contado la verdad?! ¡¿Por qué no les hemos dicho que queremos aprovecharemos del caos para entrar allí y dejarlos a su suerte?!

-¡No les vamos a abandonar! ¡Parte de nuestro grupo se quedará a ayudarles!

-¡Tú sabes bien que eso no será suficiente! ¡Al final, les estamos abandonando!

-¡¿Y qué propones, entonces?! ¡¿Acaso puedes darme tú una solución para que consigamos secuestrar a los gobernadores y llegar a final feliz del que hablas?! ¡El futuro de la humanidad está en juego! ¡Debemos hacer sacrificios!

 

Antes aquella respuesta, Miruru se sorprendió. Por alguna razón, que fuese Kai quien lo dijese le dolió mucho más que si hubiese sido otra persona.

-Esto no me lo esperaba de ti. Creía que te preocupabas por los demás. Eso no es lo que ella habría hecho en tú lugar –contestó la chica, tras lo que volvió a la habitación, dejando al joven sin palabras.

 

Sabía bien a quién se refería con “ella”, y estaba seguro de que habría hecho lo que fuese, incluso si eso hubiese significado sacrificarse ella misma, para salvarlos a todos. De hecho, ¿acaso no hizo lo mismo con él?

-Dime, ¿qué debería hacer entonces, May?”

 

Afligido por la situación, Kai intentó no pensar en ello y centrarse en su misión. Ya encontraría más tarde una forma de solucionarlo.

 

Por otro lado, los visitantes de la unión llegaron frente a la puerta hacia el recinto de gobierno, abierta de par en par, y donde había otro grupo esperándoles.

 

Éste estaba encabezado por el gobernador de la facción, vestido con su característica y gigantesca armadura de color negro. Desde los laterales casco, el cual impedía ver su rostro, sobresalían sendos cuernos, formando una especie de cáliz sobre su cabeza. La parte que cubría su cara consistía en una superficie convexa donde no se observaban agujeros para ver o respirar. Sus brazos, al igual que sus piernas, eran grandes y arqueados, con un pequeño pico sobresaliendo en la zona de los codos que se curvaba ligeramente hacia la mano. En cuanto al resto del cuerpo, ésta parecía ajustarse mejor a la anatomía de su usuario.

 

En cualquier caso, aquella armadura resultaba imponente a todo el que la mirase, pese al aspecto robótico que le daba al soberano.

 

A su lado se encontraba el chico de cabello extraño que había estado el otro día hablando con los soldados.

“Así que ese es Sextus”, pensó Kai al recordad las palabras de Quattuor.

 

“-Ése debe de ser Sextus –respondió Quattuor tras contarle lo que habían visto él y Kareth- Tal y como lo describís, no puede tratarse de otro. Será mejor que tengáis cuidado. Es un semidios capaz de crear espacios en los que todo lo que entra desaparece.”

 

Frunciendo el ceño, el joven continuó observando al resto de acompañantes: soldados al servicio del gobernador, a quien respetaban como líder y le eran sumamente fieles.

 

Desde allí, pudo ver la solemnidad de su postura y su excelsa coordinación. Uno de ellos enarbolaba la bandera con el símbolo de la facción, consistente en un cielo de noche con la luna llena en el centro. En la parte de abajo aparecía un risco en cuya cima se erigía la figura de un gran lobo.

 

Al darse cuenta de que la comitiva de norte se acercaba a la del oeste, Kai se giró hacia su otra acompañante, Sarah, quien le devolvió la mirada, asintiendo. Con este gesto, ambos entendieron cuál era el siguiente paso, siendo la chica quien dio media vuelta para avisar al resto del equipo.

 

Era el momento de prepararse. Una vez los gobernadores estuviesen enfrente el uno del otro, los revolucionarios, liderados por Garth y apoyados por Quattuor y Kareth, irían directamente a por ellos. Entonces, Sarah y Miruru los cubrirían desde la distancia mientras Razer y los demás incitaban a más gente a unirse a la revuelta, abriéndose hueco entre los demás para llegar hasta los gobernadores, haciéndose pasar por soldados ilusorios con la ayuda de Kai.

 

Todos estaban en posición, y los gobernadores cada vez más cerca.

 

En ese momento, ocurrió lo inesperado.

Haciendo uso de su poder para impulsarse, elevando el tejado bajo sus pies, Miruru saltó hasta situarse en mitad de ambos soberanos, como si pretendiese intermediar en su relación.

 

La sorpresa fue tan grande que ninguna de las tres partes supo reaccionar al instante, siendo Sarah y Kai los únicos en optar esconderse para evitar que se les relacionase con aquella situación.

 

“¡¿Qué está haciendo?!”, se preguntó el nigromante. Segundos después, todos los soldados y guardaespaldas de los gobernadores levantaron sus armas contra la recién llegada, quien levantó los brazos sin oponer resistencia. El encapuchado que se encontraba junto al líder de la unión avanzó hacia Miruru, siendo detenido por el dirigente con un gesto de su mano. Los demás, fuesen civiles o no, se mantuvieron expectantes.

-Eres valiente para presentarte así en un evento como éste. Dime, ¿quién eres? –preguntó el líder de la unión.

-Me llamo Miruru, y lo he hecho porque hay algo que tengo que deciros a los dos.

-¿Ah, sí? ¿De qué se trata?

-Es sobre esta guerra y sobre el hecho de que estáis siendo engañados.

-Qué interesante –dijo el hombre, arqueando las cejas por la sorpresa- ¿Y cómo sé que no te ha enviado el imperio?

-Si el imperio hubiese ido de frente, hubiese enviado a un ejército –respondió ella, con contundencia, haciendo sonreír al gobernador.

-No creo que debamos fiarnos de ella. Será que la  matemos –dijo el encapuchado.

-Espera –dijo con calma el soberano-. Eres una chica interesante pero, ¿qué te hace pensar que te creeremos?

-Nada. Matadme si no confiáis en mí, no me resistiré, pero tendréis que enfrentaros a las consecuencias de no escucharme.

 

Examinándola de arriba abajo, como si estuviese buscando un arma escondida entre sus ropas, el gobernador de la Facción Nix se mantuvo en silencio, de brazos cruzados. Mientras tanto, sus súbditos seguían apuntando a la joven con sus rifles, esperando la orden de su líder.

 

Entonces, el soberano del norte asintió. Su mirada denotaba interés y, al mismo tiempo, cierto orgullo por la postura de la joven.

-Me gusta cómo hablas. Ya que has venido, no me importaría darte una oportunidad –declaró.

-¿Estás seguro? –preguntó, está vez, el hombre pelirrojo que estaba a su lado.

-Sí. Además, hace ya un tiempo que tengo algunas dudas. Quizás esta chica pueda ayudarme. Y si no me satisface su historia, ya sabes lo que hacer –continuó, a lo que su subordinado se limitó a asentir- En cualquier caso, esta decisión no sólo depende de mí –indicó mientras señalaba al gobernante de la facción- Éste es su territorio, y por respeto a nuestro acuerdo, no recae en mí la totalidad de esta decisión.

 

Tras esto, la chica se giró para mirar al otro grupo, sorprendiéndose al encontrarse de cara con aquella armadura.

-No me importa, pero será mejor que sigamos hablando dentro –respondió el hombre en su interior, realizando un gesto con la cabeza mediante el cual dos soldados se acercaron a ella y la cogieron de los brazos, amordazando sus manos y situándolas a su espalda.

-¡Ah! –exclamó ella, sobresaltándose.

-Supongo que entiendes que no puedo dejar que te muevas libremente. El que lo permita no significa que confíe en ti –sentenció, dando media vuelta y dirigiéndose a los edificios que tenía detrás. Los demás siguieron sus pasos hasta que los últimos de ellos cerraron las puertas, dejando a los civiles entre expresiones y murmullos de incredulidad.

 

-¡¿En qué estaba pensando esa chica?! –exclamó Quattuor una vez el equipo se hubo reunido de nuevo.

-¡No lo sé! ¡El otro día me dijo que no estaba de acuerdo con el plan, pero no pensé que llegaría tan lejos! –replicó Kai.

-¡Tendrías que habérnoslo dicho!

-¡¿Y qué habríais hecho?! ¡¿Amordazarla?!

-¡No habría estado mal!

-¡Te habría dado una paliza antes de hacerlo!

-¡¿Quieres ver quién le da una paliza a quién?!

Justo cuando parecía que ambos iban a enzarzarse en una pelea, fueron detenidos por Sarah, quien se interpuso entre ambos.

-¡Ya está bien! ¡Quattuor, la única responsable de sí misma es Miruru y nadie más! ¡Y aun así, sólo ha hecho lo que ha considerado mejor para todos!

-¡¿Lo mejor todos?! ¡Por su culpa el plan ya no sirve! ¡Ahora tendremos que empezar de cero y eso contando con que encontremos una estrategia que nos sirva!

-De todas formas, no creo que enfadarse sirva de nada –intervino Kareth-. Si la única opción que tenemos ahora es empezar de nuevo, debemos mantener la cabeza fría.

-Aah... –suspiró Quattuor tras unos segundos de reflexión, dejando escapar una mueca de desagrado. Tras esto, se alejó unos metros y apoyó su espalda sobre la pared de una casa cercana al recinto de gobierno.

-Lo que más debería preocuparnos ahora mismo es el estado de Miruru. No sabemos si la escucharán o incluso, aunque lo hagan, la dejarán vivir después de hacerlo –comentó Razer-. Les cuente lo que les cuente, no hay ninguna garantía de que la crean. De hecho, hay más probabilidades en su contra.

-Tienes razón, aunque hay algo que no acabo de entender –consideró Kai.

-¿El qué? –preguntó Kareth.

-Me refiero al gobernador de la unión. Después de escucharla, aceptó poner muchas pegas.

-Puede que simplemente le pareciese divertido. –señaló Razer.

-No. Parecía estar interesado de verdad, pero no tengo claro por qué.

-Bueno, ya lo averiguaremos luego. Tanto por el bien de nuestro objetivo como por el de Miruru, será mejor que nos demos prisa y pensemos otra manera de entrar –sentenció Kareth mientras observaba la verja que había delante de ellos.

 

-Quédate aquí hasta que te avisemos –dijo uno de los soldados mientras cerraba la puerta metálica que daba entrada a aquella habitación y se marchaba por donde había venido.

Miruru se quedó allí sola, en una pequeña cámara de aspecto cuidado y limpio. Las paredes tenían adornos dorados y eran de color rojo, había una cama junto a uno de los extremos y, al lado de ésta, un escritorio de madera.

Frente a ella, pudo ver un gran ventanal con una verja metálica antepuesta al cristal, dispuesta allí con el mismo objetivo que la puerta, mantenerla presa.

-Es un lugar bastante acogedor pese a tratarse de una prisión –murmuró. Aunque, desde su punto de vista, no sería muy difícil escapar de allí si utilizaba sus habilidades.

-Yo que tú me pensaría lo de escapar –dijo una voz detrás de ella, haciendo que se diese la vuelta. Allí estaba el encapuchado, detrás de los barrotes que constituían la puerta de metal. Ahora que escuchaba más de cerca su voz, tenía la sensación de que le sonaba de algo.

-No creas que no sé a qué has venido. Y si no te he matado antes es porque me traería problemas con el gobernador. Más te vale estarle agradecida. Pero una vez me asegure de que no cumplas lo que te propones, te mataré, Miruru.

-¿Qu-quién eres tú? –preguntó la joven, cuya sensación de haber conocido antes a esa persona iba aumentando, lo que no hacía más que ponerla en tensión.

 

Inconscientemente, apretó los puños mientras mantenía la mirada fija en el encapuchado, vigilando cualquier movimiento.

-¿No me reconoces? Ya veo. Quizás sí te acuerdes de lo que ocurrió en  Yohei Gakko, o del secuestro durante el torneo –dijo el encapuchado, levantándose la tela que cubría su cabeza para dejar ver un cabello plateado y largo hasta la nuca.

 

En ese momento, Miruru se dio cuenta de por qué le sonaba aquella voz. Sus ojos quedaron abiertos por la sorpresa mientras un mal presentimiento recorría cada rincón de su cuerpo. Ya había visto una vez a la mujer que tenía delante. Tiempo atrás, durante el torneo clandestino, como juez del mismo.

-¿Marie? –preguntó, incrédula.

-Los hay que me conocen por ese nombre, pero en el proyecto Gaia se me conoce como Quinque.